El nervio vago es el más largo de los doce pares de nervios craneales.
Nace de la parte más antigua y primitiva de nuestro cerebro, el tronco encefálico, y sale del cráneo por un pequeño agujero diseñado especialmente para él, el foramen yugular.
Desde ahí recorre todo el cuerpo, pasando por la faringe, laringe, estómago, corazón, intestinos, hígado, bazo, páncreas, útero, próstata, riñones…
Nombra cualquier órgano, y, sin duda, está inervado por el nervio vago.
¿Te has preguntado alguna vez cómo te mantienes vivo en ausencia de un control consciente?
No es fácil regular la función de más de 60 billones de células el día entero todos los días de año, y lo hacemos gracias al nervio vago, que comunica los impulsos desde nuestro cerebro a todas las partes de nuestro cuerpo.
El diafragma es una de las zonas clave donde el nervio vago puede verse afectado, especialmente cuando existe tensión o restricción en la movilidad. Esta interferencia puede influir en funciones esenciales como la digestión, la respiración o la regulación del estrés.
A través de ajustes quiroprácticos específicos, se busca liberar esa tensión, mejorar la movilidad del diafragma y favorecer una mejor comunicación del nervio vago con el resto del cuerpo.
Al optimizar el funcionamiento del sistema nervioso, la quiropráctica ayuda a restablecer el equilibrio interno y a mejorar la capacidad del organismo para adaptarse y autorregularse.
Si quieres profundizar más, disponemos de material informativo donde explicamos en detalle cómo funciona el nervio vago y su impacto en la salud.


